Una transformación colectiva

“Nuestra misión es transformar la moda, pero eso solo será posible cuando prestemos atención a las relaciones de género. Solo así conseguiremos impulsar los derechos de las mujeres, desarrollar liderazgos y conquistar una sociedad más justa”, afirma Luciana Campello, 39 años, Gerente de Derechos Humanos y Transformación de la Cadena de Suministros del Instituto C&A.

“Nací en Río de Janeiro y, junto con mis hermanos, crecí oyendo hablar a mis padres de justicia social, derechos y democracia. Mi padre era matemático y dueño de una empresa de informática y mi madre era programadora. Siempre me motivaron a viajar y conocer otras realidades. Cuando tenía 7 años nos mudamos a Portugal, donde vivimos durante tres años. Durante la adolescencia tuve la oportunidad de participar en una organización internacional que me permitió conocer a personas de diferentes culturas. Esas experiencias ampliaron mis horizontes.

Cuando estaba en la facultad de psicología, empecé a estudiar e investigar sobre los derechos de las mujeres y las construcciones sociales de género que afectan de distinta manera a hombres y mujeres. Con esos temas en mente, intenté trabajar en el ámbito de la psicología social y comunitaria, orientándome hacia la igualdad de género. Mi primera experiencia profesional fue en una organización no gubernamental (Ipas Brasil), centrada en la promoción de los derechos sexuales y reproductivos y la lucha contra la violencia sexual. Allí vi que ese era el camino que quería seguir. En 2003 pausé mis estudios universitarios y me fui a vivir a Australia para hacer un curso sobre desarrollo social y comunitario. Durante una clase en la asignatura de migraciones, la profesora mencionó la trata de seres humanos y las situaciones de explotación vividas por muchas mujeres que buscan mejores condiciones de vida en otros países. Nunca había oído hablar de ello, pero no conseguí olvidar el tema. Regresé a Brasil y escribí mi trabajo de fin de carrera sobre esas cuestiones, después de conocer a una brasileña que había sido objeto de trata y explotada sexualmente en Israel. Tras licenciarme trabajé cuatro años en Trama, un consorcio de organizaciones en Rio de Janeiro que lucha contra la trata de seres humanos mediante la promoción de políticas públicas de prevención y atención a las víctimas.

Regresé a Australia en 2009 y allí me dediqué a dos proyectos con comunidades migrantes, uno con personas mayores y otro con cuidadoras de personas con discapacidad. En ambos casos eran evidentes, tanto la desigualdad de género y la naturalización del papel de las mujeres en el cuidado de la familia y la comunidad, como las violencias que sufrían.

Cada vez más, la igualdad de género (la idea de que las mujeres y los hombres deben tener oportunidades, tomar decisiones y adquirir conocimientos de forma igualitaria) se convertía en mi centro de atención personal y profesional.

Al volver a Brasil tuve la oportunidad de trabajar en la Subsecretaría de Políticas para las Mujeres de Rio de Janeiro y en el Fondo Social Elas en proyectos de promoción de derechos y de lucha contra la violencia de género. En 2015 me mudé a Brasilia para trabajar en la OPS (Organización Panamericana de la Salud), la rama de la Organización Mundial de la Salud para América. Coincidió con el gran brote de zika que aquejó a Brasil y, de nuevo, las mujeres, en ese caso en edad reproductiva, fueron las más afectadas. El brote no solo impactó de manera desproporcionada a las jóvenes, sino que también reforzó las disparidades raciales y socioeconómicas en el acceso a la salud, así como las restricciones en los derechos sexuales y reproductivos. Un grupo de agencias de las Naciones Unidas, coordinadas por la OPS/OMS, ONU Mujeres y el FPNU, identificó la importancia de reunir a organizaciones feministas para dialogar e identificar estrategias de actuación. Fue un trabajo intenso y necesario para garantizar que las mujeres y las niñas recibieran la información y los tratamientos adecuados en ese período.

“El cambio tiene lugar cuando las mujeres son protagonistas y lideran la toma de decisiones”

Dos años después, en 2017, me mudé a São Paulo para hacerme cargo del Programa de Lucha contra el Trabajo Forzado y Trabajo Infantil y de la agenda de Justicia de Género en Instituto C&A. Con la misión de transformar el sector de la moda, garantizando una industria más justa y sustentable, el Instituto apoya iniciativas de lucha contra las condiciones análogas al trabajo forzado, actúa en el fomento de mejores condiciones para las trabajadoras y trabajadores del sector, promueve proyectos para incentivar el algodón sustentable a través de la agricultura familiar, así como iniciativas de economía circular, siempre analizando nuevos modelos de negocio que tengan un impacto positivo en el medio ambiente y en la vida de las personas.

El sector de la moda refleja las desigualdades sociales y de género que existen en nuestra sociedad. Entendemos que la transformación social pasa por la equidad de género y la lucha contra la discriminación por motivos de raza, etnia, clase, orientación sexual, status migratorio, entre otros. No reconocer la existencia de esos desafíos aumenta la vulnerabilidad y las situaciones de violencia y perpetúa la explotación en el sector de la moda.

En Instituto C&A sabemos que no es posible transformar nada actuando aisladamente. Junto con todo nuestro equipo y las organizaciones aliadas, vuelvo a tener la oportunidad de trabajar para que las mujeres transformen sus propias vidas y la vida de sus comunidades. El cambio tiene lugar cuando las mujeres son protagonistas y lideran la toma de decisiones.”

Este texto forma parte de una serie de perfiles publicados en la versión brasileña de la revista Marie Claire, en asociación con Instituto C&A. La versión original puede leerse aquí.