Una mujer luchadora

Maria Regina Lessa y su historia de superación inspira a los hombres 
y mujeres que trabajan en la industria de la moda a luchar por sus derechos


No tuve infancia. A los 12 años ya trabajaba en el campo, en una hacienda de anacardos, en Pacajus, en la región metropolitana del estado de Fortaleza. Éramos diez hermanos y casi toda la familia pasaba los días recogiendo anacardos, separando la semilla del fruto, de sol a sol, de 5 de la mañana a 5 de la tarde. Salíamos de casa antes del amanecer, en tractor, con pañuelos en la cabeza y una tartera con arroz, frijoles, panela y bollos de harina de maíz. Como pago por nuestro trabajo recibíamos alojamiento y un sueldo mensual que no llegaba al salario mínimo.

Esa vida tan dura me robó el derecho a estudiar. Estaba matriculada en el colegio en el turno de noche, pero después de pasar todo el día en el campo, a esas horas ya solo era capaz de dormir. Más adelante cambiamos el campo por la fábrica, donde seleccionábamos y cortábamos los anacardos, pero el ritmo de trabajo era igual de pesado y agotador. Cumplí los 17 sin haber terminado mis estudios. 

En aquella época, conocí al padre de mis hijos y nos fuimos a São Paulo; allí trabajé como limpiadora y volví a estudiar. Pude acabar la educación básica, una de las cosas más importantes que he hecho en mi vida. Pasé ocho años en la capital Paulista, donde nacieron dos de mis tres hijos: Sheila, que ahora tiene 28 años, y Charlinton, de 24. 

Mis hijos me aportaron nuevas esperanzas y le dieron sentido a mi vida. Vivimos diez años en São Paulo, hasta que su padre empezó a volverse un hombre ignorante y agresivo. Intentó pegarme varias veces. Cuando me quedé embarazada por última vez, de mi hijo menor, Charlione, volvimos al estado de Ceará. Aquí por fin decidí tomar las riendas de mi propia vida y me separé. Una vez sola, seguí luchando para sobrevivir y criar a mis hijos, haciendo al mismo tiempo de padre y de madre. 

Por difíciles que se pusieran las cosas, nunca perdí la esperanza de lograr una vida mejor. Siempre he peleado, he luchado por mis sueños y por mis hijos. Al volver a Pacajus, a principios de 1997, entré a trabajar en una fábrica de calzado y así empezamos una nueva etapa. Una de mis grandes victorias fue conseguir comprarme un coche y sacar el permiso de conducir. 

En aquella época empecé a sentir la inquietud de luchar para mejorar las condiciones de los trabajadores de las fábricas de calzado de mi región, que al día de hoy suponen un contingente de ocho mil trabajadores. Enseguida empecé a asistir a reuniones del Sindicado de los Trabajadores de la Industria del Calzado del Estado de Ceará y me convertí en una de las dirigentes. Desde entonces, participo en todas las elecciones a la dirección y nunca he dejado de luchar. Actualmente soy la tesorera de la administración y, extraoficialmente, chofer: conduzco el coche del sindicato a todas partes.

La mujer trabajadora sufre más que el hombre, no cabe duda. Sobre todo, porque trabaja doble jornada, al tener que cuidar de los niños. La mayor parte de los hombres hacen como si no tuvieran hijos, y tan tranquilos. 

En el sindicato, intento crear consciencia en la gente sobre sus derechos. Aún hay que avanzar mucho. He visitado sitios en los que ni siquiera dan agua potable a los trabajadores. Pero sé que, si luchamos, con el tiempo las cosas acaban mejorando. Hace unos 10 años obtuvimos victorias importantes, como el transporte para los trabajadores de una gran fábrica, que hoy se desplazan en el autobús de la empresa. Además, gracias a un convenio colectivo, las madres lactantes pueden salir una hora antes para alimentar a sus bebés. Para mí son logros inolvidables, que hacen que no pierda la esperanza. Después de todo lo que he pasado, mi vida consiste en hacer todo lo posible para que los trabajadores también luchen por sus derechos.

Por difíciles que se pusieran las cosas, nunca perdí la esperanza de lograr una vida mejor. Siempre he peleado, he luchado por mis sueños y por mis hijos“
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Ceará, Brazil