Reconociendo el valor de las costureras de la periferia

Los talleres de costura de la periferia son lugares en los que se intercambia  afecto, esperanza y preocupaciones. Quiero ayudar a que se reconozca el valor de esos espacios”
Lidi de Oliveira - creadora del proyecto Lab Arremate

Soy la cuarta generación de mujeres de mi familia que ha crecido jugando bajo una máquina de coser. Mi madre, mis tías, mi abuela y mi bisabuela aprendieron a coser solas, en el estado de Ceará. Yo fui la primera que nació en el Sudeste; me crié en la comunidad Parque Paulista, en Duque de Caxias, en el estado de Rio de Janeiro, y también fui la primera en estudiar. Para nosotras en casa, saber coser es algo básico, algo que aprendemos desde pequeñas casi sin darnos cuenta.

Hoy, a los 27 años, valoro mucho ese saber femenino ancestral. Sin embargo, cuando era adolescente juré que no tocaría nunca una máquina de coser porque veía cómo las costureras sufrían por culpa de los diseñadores, por la opresión que generaban en el lugar de trabajo. Como presencié escenas de humillación, perdí amigos y amigas víctimas de la violencia de género y del Estado, me convertí en feminista militante muy joven, con 16 años. Más adelante decidí matricularme en la Facultad de Ciencias Sociales, en la Universidad Federal de Rio de Janeiro, y precisamente gracias a los estudios empecé a apreciar el conocimiento y el trabajo de las costureras.

Un día, hace tres o cuatro años, a mi madre le diagnosticaron una enfermedad que acabaría dejándola ciega si no recibía un trasplante. En ese momento empecé a preocuparme por cómo conservar la tradición de la costura en mi familia. Tengo dos hermanas y un hermano que nunca se han interesado por el tema, así que si no me ocupaba yo no se haría cargo nadie. Decidí complementar mi formación y me matriculé en un curso de moda en SENAC, que imparte formación profesional. En casa, mi madre me ayudaba con los deberes y siempre corregía lo que decían los libros: “Hija, esta es la teoría, pero la práctica no tiene nada que ver”, repetía. Poco a poco fui encargándome de distintas tareas en el taller y, por suerte, ella consiguió que le hicieran el trasplante que tanto necesitaba. Hoy cosemos juntos, nosotras dos y mi padre, que es sastre.

Mi deseo de cursar estudios de moda surgió porque quería combinar las telas con el activismo. En cuanto terminé mis estudios, en 2016, empecé a trabajar como voluntaria en la iniciativa Casa Nem, en Rio de Janeiro, dando clase a travestis y mujeres transgénero en situación de vulnerabilidad social. Trabajamos mucho durante año y medio, organizando desfiles de moda con las prendas que crearon. El proyecto se llamaba Costura Nem y dio pie a un documental, “Arremate” (Remate), dirigido por Ethel Oliveira, en 2017.

La película me sirvió de inspiración para poner en marcha un nuevo proyecto de inclusión a través de la moda, Lab Arremate, un laboratorio de creación textil. Junto conmigo dan clase mi madre, Luiza, y algunas costureras. Hemos impartido clases en el centro de artes Bela Maré, en la favela de Maré; en la residencia artística Capacete, en la zona sur carioca; y hemos entablado alianzas con varios colectivos. Hemos apoyado la creación del festival Suburbia, en el que solo participan mujeres, y vamos a lanzar una colección que destinará parte de sus ingresos a la Biblioteca Comunitaria Tía Angélica, en Parque Paulista.

En este mundo con tanta opresión estoy orgullosa de recibir el conocimiento de mis antepasadas y de poder transmitirlo a la siguiente generación. Por ejemplo, en algunas clases pido a los alumnos que creen su bandera. Es una manera de incitarlos a que plasmen en la tela algo sobre ellos mismos y su universo. Es un proceso de terapia colectiva. La costura se convierte en telón de fondo, en una estrategia para recuperarse, renovarse y fomentar los encuentros.

Quiero ayudar a las personas “invisibles” que se encuentran en la base de la cadena de la moda y a que se reconozca el valor de los talleres de la periferia, no solo el nuestro sino también muchos otros. Son lugares en los que se intercambia afecto, esperanza y preocupaciones. Cuando cosen juntas las mujeres se desahogan, hablan de violencia doméstica, de lo que hace la policía en la comunidad. Es un espacio de convivencia y emociones; ríen, se toman un café, tienen a los niños cerca. Pueden compartir sus historias y sus lágrimas. Para mí, en esos talleres se hace costura de resistencia, las mujeres también cosen su supervivencia y dan continuidad a ese conocimiento.

La costura es la arquitectura con la que diseño mundos posibles. Cuando la tela se combina con el cuerpo es alquimia"
POESÍA - LIDI DE OLIVEIRA

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Rio de Janeiro, Brazil