El sueño que transforma vidas

Nunca habría imaginado que conseguiría transformar el sueño de mi infancia, ser costurera, en una profesión. No solo eso, hoy me enorgullezco de enseñar a otras mujeres transexuales y ayudarlas en la decisión de cambiar su vida”
- Roberta Rodrigues, costurera y profesora del colectivo Trans Sol

“Uno de los recuerdos más nítidos de mi infancia, en Fortaleza, es el de mi abuela cosiendo ropa para mí y mis hermanos. Me le quedaba mirando hipnotizada, observando cada puntada que daba. A los 10 años, empecé a hacer vestidos para las muñecas de mis primas, pero según mi abuela, los niños no hacían esas cosas. Fui el segundo de siete hermanos y el único que prefería jugar con juguetes considerados de niñas, eran con los que me identificaba. Mi madre tampoco me dejaba jugar con muñecas, siempre que podía me las escondía, pero eso no me frenaba: me encerraba en mi habitación y cosía como podía. Nadie entendía ese entusiasmo mío por las muñecas y yo lo único que quería era vestirlas. Inventar colecciones era mi mayor pasatiempo.

Nuestra vida no era fácil. Mi madre trabajaba como jornalera y nos criamos lejos de mi padre. Mi abuela estaba cerca, pero era yo quien cuidaba de mis hermanos pequeños: preparaba la comida, hacía la limpieza y los llevaba al colegio. Yo hacía las veces de madre cuando ella no estaba. En casa siempre sentí que mis hermanos me respetaban, pero en el colegio fue otro cantar: fui víctima de muchos prejuicios y eso afectó mucho a mis estudios. Dejé el instituto antes de acabar la secundaria, porque la convivencia era imposible.

Con el paso del tiempo, me quedó claro que mi relación con la moda no se limitaba a los vestidos de muñecas. Cuando era adolescente, salía de casa por la noche, sin que nadie me viera, para quedar con amigos a quienes también les gustaba vestirse con ropa de mujer. Así nos divertíamos: nos arreglábamos y salíamos por la noche. A medida que crecía, seguir en casa era cada vez más difícil: quería libertad para ser yo misma, una mujer, y sabía que allí eso no iba a suceder. A los 17 años, decidida, dejé Fortaleza y me mudé a São Paulo, donde al principio viví con una amiga. Allí pude comprar por fin mi primera muñeca.

Esa época de mi vida fue difícil. No tenía más experiencia que la de algún que otro trabajo como empleada del hogar. Las facturas se acumulaban y no veía otra alternativa, así que me convertí en trabajadora sexual. Sufrí mucho, pero con el dinero que gané pude cambiar mi cuerpo. Por primera vez empecé a verme como siempre me había sentido: una mujer.

La vida en la calle es peligrosa. Perdí a muchas amigas por culpa de la violencia y sabía que yo no quería acabar así. Por eso intenté recuperar el sueño de mi infancia y me matriculé en un curso de corte y confección, donde usé una máquina de coser por primera vez. Al principio fue un desastre, pero después de un año de dedicación, aprendí a coser. Seguí haciendo los vestidos de muñecas que tanto me gustaban, pero ahora con más destreza. Desgraciadamente, el coste del curso era un gasto que no podía asumir. Por suerte, ese mismo año una amiga me habló del colectivo Trans Sol, que enseña costura, fabricación de muñecas y artesanía a mujeres transexuales y travestis. El proyecto, creado en 2015, permite profesionalizarse y obtener ingresos a través del emprendimiento.

Pasé 13 años en el mundo de la prostitución hasta que conseguí cambiar de profesión. Durante dos años me perfeccioné y me convertí en profesora. En Trans Sol adquirí las capacidades necesarias para cumplir mi sueño de convertirme en costurera profesional. Estoy muy orgullosa de poder compartir mis conocimientos con mujeres que están buscando la manera de transformar su destino. Ser profesora voluntaria es muy gratificante.”

Poder enseñarles todo lo que he aprendido hasta ahora, ayudarlas en la decisión de transformar su destino, es una sensación indescriptible.”
- Roberta Rodrigues, costurera y profesora del colectivo Trans Sol

Trans Sol se encuentra en la Casa 1, centro de cultura y acogida de personas LGBT en el barrio de Bela Vista, São Paulo. Las alumnas empiezan haciendo ejercicios básicos de costura y salen sabiendo montar prendas, como faldas, pantalones, blusas y camisas. El colectivo también ofrece cursos gratuitos de fabricación de muñecas y ganchillo y sirve de punto de apoyo importante para esa población.

“Hoy me gano la vida gracias a los arreglos de ropa y la confección de quimonos que vendo en ferias de moda en São Paulo junto con otras mujeres. También hago ropa en casa porque esa es mi mayor pasión, además de mi fuente de ingresos.

Todavía sueño con ser diseñadora y crear vestidos de novia. Mi objetivo para el año que viene es terminar mis estudios e intentar entrar en una facultad de moda. Un día me gustaría presentar mi colección en la Casa de los Creadores, un evento que da visibilidad a nuevos talentos del mundo de la moda. Sé que el camino es largo, pero ya he recorrido más de la mitad. Cuando vuelvo la vista atrás, veo a aquel crío que cosía vestidos de muñeca a escondidas y veo dónde estoy ahora, sé que nada me puede parar.”


Compartir
Bela Vista, São Paulo