El poder de la periferia

Me sumergí en la moda al entender que con ella puedo cambiar vidas”,
- Ludmyla Oliveira

Mi abuela me enseñó a bordar cuando era pequeña, a los 10 años. Aunque nuestra vida nunca fue fácil, en casa nos animaron a aprender manualidades que despertaran nuestra creatividad desde niñas.  Vivíamos en la comunidad de Santa Margarida, en la zona oeste de Rio de Janeiro, y los estudios siempre fueron fundamentales para la familia, tanto para mí como para mis dos hermanas, becarias de la Escuela Santa Mônica. Mi padre falleció cuando tenía 14 años y, en aquel momento, lo que iba a ser un hobby se convirtió en una manera de ayudar en casa y pagar el transporte al colegio. Así fue como la moda entró en mi vida: en parte por fascinación, en parte por necesidad. Durante mi adolescencia bordé ropa para grandes marcas de Rio de Janeiro, igual que muchas otras mujeres de mi barrio.

Acabar la secundaria no me resultó fácil, pero los ánimos de mi madre fueron determinantes. Entonces no me imaginaba que hoy, con 30 años, tendría mi propia marca de bolsos y accesorios. Ser mujer, negra y de la periferia hizo que seguir estudiando fuera complicado: dos años después de cumplir mi sueño de entrar en la facultad de moda tuve que dejar la carrera porque lo que ganaba no llegaba para cubrir los costos de la universidad.

A pesar de todo, nunca me vine abajo, me criaron para luchar contra los prejuicios y para superarme. Decidí intentarlo de nuevo y, a los 21, quedé sexta en la lista de acceso a la carrera de vestuario en la Universidad Federal de Rio de Janeiro. Desgraciadamente, aquel año solo convocaron cinco plazas. ¿Acaso me rendí? Por supuesto que no. Gracias a mi buena nota de selectividad, conseguí una beca para una universidad privada, aunque para entonces ya había dejado de considerar la moda un camino viable. Opté por estudiar Administración de empresas, una decisión muy acertada porque hoy, con mis conocimientos de gestión, puedo ayudar a otras emprendedoras de la periferia.

La moda volvió a hacer acto de presencia en mi vida poco antes de licenciarme, cuando me invitaron a ser dama de honor en una boda y no encontraba el clutch ideal. Tenía unos cuantos kilos de más y no quería nada que llamase la atención, así que decidí hacerme mi propio bolso. Desde entonces, ya no he parado. Monté un taller en casa con mi madre y, en 2015, creamos “Crioula Criativa”, una marca de bolsos y accesorios centrada en la cultura afrobrasileña. Inspirándonos en nuestras raíces, utilizando muchos colores y apreciando a la mujer, fabricamos nuestros accesorios a partir de restos de telas. Con este trabajo llegó también una nueva manera de verme, mis dudas se transformaron en conciencia étnica y racial. Además, empezamos a abrir el taller una vez por semana para dar clases de corte y confección a mujeres de la comunidad, para animarlas a reconectarse con su lado creativo. Para mí eso es fundamental porque sé que la moda cambia vidas: mi caso es un ejemplo perfecto.

De día trabajaba como administradora en una oficina y de noche trabajaba en el taller. En 2016 empecé a hacer cursos de formación y a conocer a otras emprendedoras. Seguí así hasta que en 2018 me seleccionaron para participar en AfroLab, organizado por Adriana Barbosa, de Feira Preta, la mayor feria de Latinoamérica para el mercado de población negra, y a participar en el laboratorio de formación técnica y creativa. El proyecto me animó a dejar mi trabajo y afrontar el emprendimiento. No solo en Crioula, sino también como consultora financiera de otras mujeres como yo, ya que en AfroLab vi que muchos emprendedores tienen dificultades para administrar sus negocios. Además, me invitaron a unirme al equipo “facilitador” del proyecto, al que represento en Rio de Janeiro.

Nosotros, los negros de la periferia, empezamos a emprender por necesidad y descubrimos que es algo que hemos hecho siempre. Lo llevamos en el ADN. En Brasil se encuentra la mayor diáspora africana, actualmente más de la mitad de los emprendedores del país son negros. Todos los niños pobres han visto cómo su abuela o su madre preparaba y vendía bocadillos, porque necesitaba llevar más dinero a casa. Estamos obligados a reinventarnos una y otra vez. En enero de este año, junto con dos amigas emprendedoras (Geisa Nascimento y Manoela Costa) formamos el colectivo “Cê Vira nos Negócios", que ofrece formación y consultoría en las áreas de gestión financiera, tecnologías accesibles y producción de moda para el desarrollo de emprendedores. Me sumergí en la moda al entender que con ella puedo cambiar vidas. Creo en el poder de la periferia y en la importancia del trabajo y del crecimiento en red.

Los negros empiezan a emprender por necesidad y descubren que lo han hecho desde siempre, ya que tuvieron que comprar su emancipación.”
- Ludmyla Oliveira

MÁS INFORMACIÓN EN: INSTITUTOCEA.ORG.BR


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Rio de Janeiro, Brazil