Cosiendo soluciones

Si denunciamos la injusticia y la explotación presentes en el modelo de negocio que sirve de base a muchos procesos de producción de la moda, podremos empezar a cambiar la situación de las costureras anónimas, consiguiendo que trabajen en condiciones dignas y que se reconozca su labor”
Taciana Gouveia - originaria de Pernambuco, coordinadora del Fondo SAAP (Servicio de Apoyo y Asesoría a Proyectos).

Aunque no era la manera habitual de educar a las mujeres en los años 60, mis padres me dieron carta blanca para elegir la profesión que quisiera. Nací en Recife, tengo dos hermanas y a todas nos criaron para que diéramos prioridad a nuestras carreras, no a nuestros maridos. Tuve un hijo a los 16 años y llegué a vivir con mi novio durante un tiempo, pero nos separamos. Fui al instituto estando embarazada, luego estudié psicología, participé en los movimientos estudiantiles y milité en política. Gracias al apoyo de mi familia, nunca dejé de estudiar. Durante mi juventud, en los 80, empezó la apertura política en Brasil, los movimientos sociales fueron muy intensos y pude disfrutar de las libertades que conquistaron las feministas de los años 60 y 70. Di clases en colegios, terminé un máster en sociología y fui profesora en una universidad privada.

Mi acercamiento al feminismo empezó en 1992, cuando entré en SOS CORPO - Instituto Feminista para la Democracia, una de las organizaciones más antiguas del país, fundada en Pernambuco en 1981. Trabajé como educadora durante 18 años y como coordinadora durante más de una década. Allí senté las bases de mi lucha por los derechos de las mujeres; ese trabajo sirvió de trampolín a mi trayectoria. Fui directora nacional de la Asociación Brasileña de ONGs durante seis años y, en 2010, me mudé a São Paulo, donde trabajé como consultora para varias organizaciones. Después coordiné durante tres años el área de apoyo a proyectos del Fondo Brasil de Derechos Humanos.

En 2018 me fui a vivir a Rio de Janeiro y empecé a coordinar el Fondo SAAP (Servicio de Apoyo y Asesoría a Proyectos), cuyo objetivo es apoyar y reforzar grupos, organizaciones y colectivos brasileños implicados en la lucha contra el machismo, el racismo y el sexismo. El Fondo SAAP forma parte de FASE (Federación de Organismos para la Asistencia Social y Educativa), una ONG que trabaja desde 1961 con otras organizaciones y movimientos sociales para defender los derechos, la democracia y la sustentabilidad. Nuestras causas tienen que ver con las ciudades, la justicia ambiental, la soberanía y seguridad alimentarias y los derechos de las mujeres.

En 2019, con el apoyo de Fundación C&A, elaboramos un mapa de las condiciones laborales y de vida de las costureras autónomas, investigando tres zonas: la Región Metropolitana de Rio de Janeiro, el municipio de Paulista (Región Metropolitana de Recife) y cinco municipios del Agreste Pernambucano (Santa Cruz do Capibaribe, Caruaru, Toritama, Gravatá y Vertentes). Elegimos esas zonas por su relevancia para el sector textil y de la confección en Brasil. Hasta principios de los 60, el Agreste ocupaba una posición estratégica en la producción de algodón, mientras que la Región Metropolitana era un núcleo de confección importante. Tras esa década, el Sudeste se convirtió en el eslabón principal de la cadena, proceso que provocó dificultades económicas para los habitantes de las otras dos zonas. En esa época nació Sulanca, un mercado de ropa hecha con retazos de telas de poliéster provenientes de las fábricas del Sudeste. Algo que surgió como un intento de las mujeres para mejorar sus ingresos acabó siendo, 40 años después, el núcleo actual de la moda en el Agreste. Las desigualdades entre hombres y mujeres siempre han definido la industria de la moda. Desde la producción del algodón a la publicidad, la cadena de la moda está formada por mujeres que trabajan para mujeres. Siempre han sido las mujeres las que se han ocupado de vestir a sus familias, y aun hoy día sigue siendo así. En el otro extremo de la moda, el de la alta costura, los nombres que destacan son todos de hombre. Son hombres los que, partiendo de la ropa, definen la estética femenina, dictan las tendencias y de paso ganan mucho dinero. No obstante, son las costureras las que realmente fabrican la moda que se viste y, la mayoría de las veces, son el soporte invisible de la industria.

En colaboración con 16 grupos de mujeres militantes, investigamos las condiciones laborales y de vida de más de 250 costureras que trabajan desde casa para empresas de confección. Sobre todo en el Agreste, no se firman contratos ni se emiten recibos al entregar las piezas, los acuerdos son orales. Las costureras forman parte de un modelo de negocio estructurado sobre la base de la explotación y la invisibilidad. Por si eso no fuera suficiente, se las priva de la dimensión creativa de su trabajo. Para coser, el pensamiento abstracto, los cálculos matemáticos y la imaginación son imprescindibles. Coser es mucho más que el conjunto de movimientos repetitivos al que las obliga el modelo de negocio actual.

En el Agreste Pernambucano, el 70 % de las costureras autónomas gana, como mucho, un salario mínimo al mes, aunque el 38 % solo cobra la cuarta parte. En Rio, la remuneración se sitúa entre uno y dos salarios mínimos. En todos los territorios investigados, la mayoría de las costureras son negras y tienen hijos/as. Como trabajan desde casa, no distinguen el trabajo remunerado del doméstico, pero sí viven jornadas agotadoras: de media, dedican entre 10 y 15 horas al día solo a la costura. Además, tienen que correr con los gastos de mantenimiento de las máquinas de coser, a veces necesitan comprar bobinas y agujas y pagan facturas de la luz astronómicas. Su trabajo les genera muchos gastos y pocos ingresos: en Rio, por una prenda entera se paga entre 7 R$ y 15 R$ ($35 MXN y $75 MXN); en el Agreste Pernambucano, la mitad de las mujeres recibe como mucho 1 R$ ($5 MXN). En ese contexto, una de las tareas más temidas es limpiar vaqueros. Las mujeres que realizan esa actividad, sentadas en bancos a ras de suelo, tienen que hacer 800 limpiezas al mes para ganar un cuarto de salario. Cuando le preguntamos a una costurera qué mejoraría su situación, dijo: “trabajar de pie ayudaría”. Al preguntarle a otra cuáles eran sus sueños, su respuesta fue: “viajar, tener una casa en la playa y pasar un día sin coser”, los tres equiparables en importancia.

Ahora estamos analizando cómo conseguir cambios de tipo estructural en las condiciones laborales y de vida de las costureras. Son conscientes de que se las priva de sus derechos y queremos desarrollar con ellas los procesos que les permitan movilizarse para obtenerlos. El próximo paso será publicar los datos de los que disponemos, para intentar que la sociedad reflexione. Tenemos que empezar a cuestionar las condiciones en las que se fabrica nuestra ropa. Los grupos de mujeres con los que colaboramos organizarán eventos en Rio de Janeiro y en Pernambuco para poner en marcha esa reflexión crítica en el seno de la sociedad. Estamos convencidos de que si denunciamos la injusticia y la explotación presentes en el modelo de negocio que sirve de base a muchos procesos de producción de la moda podremos empezar a cambiar la situación de esas mujeres, consiguiendo que trabajen de manera creativa, en condiciones dignas y que se reconozca su labor.

Todas las participantes en el proyecto hemos podido constatar cómo esta vida cose tramas, patrones y modelos que asfixian a las mujeres, que comprimen y limitan nuestros cuerpos. Por eso seguimos luchando y resistiendo, para que seamos nosotras las que creemos la estética de nuestra existencia, con igualdad, justicia y la libertad de ser quienes somos y quienes queremos ser.“

Son hombres los que, partiendo de la ropa, definen la estética femenina, dictan las tendencias y de paso ganan mucho dinero”.  
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Este texto forma parte de una serie de perfiles publicados en la versión brasileña de la revista Marie Claire Brasil, en asociación con Fundación C&A. La versión original puede leerse aquí.


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